miércoles, 4 de abril de 2012

Master class



Es indudable que Norma Aleandro es la actriz más emblemática de nuestro país. Es un lujo presenciar una obra de teatro que ella protagonice. Mucho se aprende viéndola, porque lo normal es que su trabajo no sufra de fisura alguna en la toda función de que se trate. Uno siempre ve al personaje, no a esa actriz iluminada –una escala más arriba que aquella que ofrece el simple talento-. Cuando una actuación sobrepasa la excelencia, cuando vamos como espectadores más allá de la obra y nos sumergimos totalmente en el mundo que nos propone la pieza teatral que presenciemos, nos encontramos con magia, esa que puede producir el arte. Yo tuve la suerte de vivir esa magia, luego de ver mucho teatro en muy distintas partes del mundo, en tres oportunidades, dos en el centro de mi país y una última en el corazón de Broadway. Los casos, “Yo soy mi propia mujer” con Julio Chávez; “Mi querido mentiroso”, con Norma Aleandro y Sergio Renán, y “Memphis”, en la meca de la comedia musical, bellísima obra sobre los orígenes del rock and roll en la comunidad de raza negra de esa ciudad homónima. Siendo ella la responsable de mi acercamiento a la magia una de esas veces, no dudé siquiera un instante en comprar mi entrada e ir al teatro Maipo a verla interpretar a la considerada más eminente cantante de ópera del siglo XX.



María Callas, en el ocaso de su vida profesional y personal, acepta dar una serie de clases magistrales a jóvenes cantantes que ansían entrar en el selecto mundo de la ópera. Alternativamente consternada e impresionada por los estudiantes que desfilan ante ella, se refugia en los recuerdos sobre las glorias de su carrera. Se incluyen en sus reflexiones sus años de juventud como un patito feo, el odio feroz de sus rivales, la prensa asolando sus primeras actuaciones, sus triunfos en La Scala, y su apasionada y trágica relación con Aristóteles Onasis. En la puesta en cuestión, mientras María Callas da clase a sus alumnos, Norma Aleandro da clase tanto al elenco como al público en general. Una clase de arte en general, y de actuación en particular. Personificando a una de las figuras artísticas más relevantes de los últimos tiempos, Aleandro hace despliegue de todo su talento y oficio sobre el escenario. Actúa con cada centímetro de su cuerpo, con su mirada, sus manos, su vestuario, cada uno de los objetos con los que cuenta, todo es utilizado con minuciosidad para componer a tan relevante personaje, y claro que sale airosa. Desde ya que por más oficio que se tenga, la excelencia no se consigue sin un buen director. Y el acierto en el caso fue convocar a Alezzo, con quien la actriz ya había hecho la misma obra quince años atrás. Este gran director y maestro de actores, de una trayectoria de 50 años en las tablas (uno de los pioneros del método Stanislavsky en el teatro argentino, alumno de Hedy Crilla y Lee Strasberg), despliega aquí su maestría con cada una de sus marcaciones, las ubicaciones, posiciones de los actores y con su puesta en general. Recomiendo prestar atención a las posiciones de Callas y de cada alumno cuando evalúa sus performances, así como el acierto de la iluminación en los momentos en que recuerda sus triunfos profesionales y sus tragedias personales. Todo esto, acompañado por el magnífico texto de Terrence Mc Nally (El beso de la mujer araña, Frankie y Jhonny en el claro de luna) que ofrece una muy adecuada alternancia de mordacidad y emoción. La puesta en cuestión hace sentir al público en una clase de actuación, no solo por lo que se ve en Aleandro, sino porque se trata a la audiencia como al alumnado, mediante una complicidad entre este último y la protagonista en todo momento. Eso sí, en el punto justo. No se trata de uno de esos espectáculos donde casi se presiona al espectador para que sea parte de la obra, se trata de algo más sutil y placentero. El resto del elenco, muchos de ellos repitiendo la participación que tuvieran en la puesta anterior 15 años atrás, no desentona, brindando de yapa al público las melodiosas arias de Tosca o Norma con un registro lírico admirable. Altamente recomendable.

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